Amador García-Carrasco

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IRPF O LA CASA DE LOS HORRORES

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Foster Wallace se volvió más loco de lo que afortunadamente estaba intentando desentrañar los rituales de la Hacienda USA, que, comparada con la española, es una casita de muñecas. Los manuales del IRPF, que suena a mortuorio, son tan crípticos que ni Javier Sierra podría encontrar una explicación, y mira que está capacitado para ello, que hasta ve alfabetos en los dibujos y figuras en las letras. Por cierto, estoy leyendo ‘El maestro del Prado’, y lo paso la mar de bien, espectador de un paisaje tan aparentemente elaborado y tan lleno de tópicos pseudoculturalistas como los que en mi otra edad alentaba nuestra Escuela de estudios esotéricos. Tópico no es un término despectivo, y lo aclaro porque no escribo para iniciados. Y lo de pseudo… viene a cuento del esfuerzo en imbricar formas de pensamiento heterogéneas, como si a los aborígenes quisiéramos educarles tirando libros sobre sus cabezas desde helicópteros.

Lo de la renta es, cada año, un memorial de angustias. Los pobres autónomos se miran en las aguas turbulentas, y ven su torturada efigie perseguida por los demonios. La luna no riela, lo que se refleja en las casillas de esos impresos ahora virtuales es un dedo corazón haciendo la higa: ‘Esto no desgrava, esto no deduce, párrafo tal del epígrafe tal partido por dos, y como te pases te fundo, que te tengo fichado, pringadillo’.

Por ejemplo, lo de las amortizaciones. Un autónomo pide un préstamo para comprar su oficina, y no puede deducirse las cuotas. Sólo una extraña cosa de ínfimo porcentaje que se llama ‘amortización. Alguien descubrió en Hacienda que la hipoteca para adquirir un local de negocio u oficina o despacho podía suponer un fomento de la inversión y un estímulo para el ahorro, y decidió, desde su alto triclinio, como Eneas narrando la Eneida, que por eso se llama así, que ‘verdes las han segado’, y que de alegría nada. El indigno Shakespeare ya advirtió en uno de sus ‘reyes’:’A nadie encontrarás aquí que no tenga el rostro triste y sombrío’. Justo. Foster Wallace emplea quinientas páginas en encontrar una sonrisa en el tinglado de los tributos, y ni con novela, historias alternadas, protagonistas infiltrados…Allí todo es llanto y crujir de dientes.

Hacienda se queja de la economía sumergida, y la economía sumergida se cisca en Hacienda. Los que estamos controlados, tipo Gran Hermano, vamos alimentando el monstruo cada año, y Leviatán engorda, devorando de vez en cuando réprobos, como corresponde a los pecadores. El Estado persigue con el látigo en la mano, como los pésimos maestros de Dickens a los niños huérfanos, que somos todos más o menos, porque no hay asesor que lo resista. Y encima todas las instituciones, protegiéndose a sí mismas, se congratulan o compinchan: los SER, los multazos, las tasas, los ibis, los saraos, las cámaras, las retenciones, los ivas. ¡Ah, los IVAS! Poco es el veintiuno. Más castigo debería haber al comercio de esta carne podrida que es el laborioso autónomo. ¡Leña al mono! Pero de deducirse gastos tan evidentes como las cuotas de una hipoteca por adquisición de oficina o local, nada. ¡A amortizar, que son dos días!

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